Hombres como los de antes

Hace unos días tuve la desgracia de toparme con este repugnante artículo, por llamarlo algo, del mediocre escritor y peor observador de la realidad española de ayer y hoy Arturo Pérez-Reverte. Después de varios intentos de leerlo, interrumpidos por fuertes convulsiones de mi pobre estómago que trataba de vaciarse sobre el portátil, mi primera reacción fue pensar que era un artículo falso. Ni siquiera un señor tan imbécil como Pérez-Reverte es capaz de cagar un truño tan perfecto, tan blando, tan fragante. Mi segunda reacción fue escribir de inmediato una furiosa respuesta desmenuzando los tres párrafos y explicando todas y cada una de las cosas ofensivas para la humanidad que contienen dichos tres párrafos.

Pero, ¿cómo explicar, sin que resulte tautológico, por qué da asco la caca? ¿Acaso aporta algo a la caca misma el describir con detalle su tono exacto de marrón, los matices que se adivinan en su aroma, su grado de blandura o sequedad? La respuesta es no. Una caca da asco porque es caca, y con verla y olerla uno se da suficientemente cuenta de por qué da asco; no digamos pisándola y esparciéndola por todo el felpudo a la entrada de casa. Pues esto es lo mismo: el “artículo” de este señor es tan perfectamente asqueroso que he decidido que no hace falta apostillarle nada.

Lo que he decidido ofrecer a cambio, queridos lectores, ahora que ya os he revuelto el estómago de forma apropiada (si no se os había revuelto todavía leyendo a Pérez-Reverte), es una fantasía inspirada por el ya mencionado “artículo”. Ya que por desgracia no lo podemos desescribir, reintroducírselo a su autor en el recto, hacer como si no existiera, al menos tornémoslo en algo entretenido. Es como si, y perdón por volver a las referencias escatológicas, una vez untada la mierda por todo el felpudo, ya que no la podemos desuntar, nos consolásemos buscándole formas bonitas o cómicas, como quien busca formas en las nubes. Es tratar de ejercer el poder redentor del arte sobre la caca, si lo queréis entender así. Así que espero que disfrutéis, queridos lectores, este pastiche que, humor aparte, también me sirve de excusa para compartir algunas anécdotas asquerosas que me han ocurrido a mí en mis carnes o me han sido relatadas en primera persona:

Muchas veces he dicho que apenas quedan hombres asquerosos como los de antes. Hombres de esos que consideraban a las mujeres unas cosas que existían para su deleite, que debían vestir y actuar y hablar e incluso moverse como ellos considerasen adecuado. Hombres que se sentían con derecho a dirigirse a cualquier mujer en cualquier momento para hacerle saber lo buena que está, lo bien o mal que le queda una determinada prenda de ropa, o lo que harían si llegasen a enterarse de que ese culito pasa hambre. Y siempre he querido pensar que, los que quedan, van desapareciendo, muriéndose poco a poco, quedándose tan gagás que ya se les pasa hasta lo de viejos verdes. Lo comento con mi amiga de infancia María Javieres, saliendo del hotel Palace, donde hemos intentado entrar a merendar pero no nos han dejado, por ordinarias. Después de gritarle improperios al portero y marcharnos, no sé cómo ha derivado la conversación hacia todas estas veces que los hombres han sido, en el pasado, asquerosos con nosotras. María insiste en que el nivel de asquerosidad machista en nuestra sociedad sigue siendo muy elevado, pero yo quiero creer que poco a poco hemos ido mejorando. 

Seguimos conversando calle de Alcalá arriba, en dirección a la puerta del Sol. Es una noche madrileña animada, cálida y agradable, hasta que pasamos al lado de un grupo de borrachos que nos empiezan a hablar y a seguirnos. “Hola guapas, ¿por qué tan serias? Dadnos una sonrisita, ¿no?”. María les contesta que den gracias porque no les dé una hostia en la boca, y eso parece enfadarlos. “Par de bolleras amargadas, un buen rabo es lo que os hace falta”. Al menos nos han dejado de seguir. “¿Decías?” me pregunta María, burlona, y yo tengo que reconocer que sí, sigue habiendo demasiados hombres que dan asco. La conversación empieza a degenerar y se convierte en una competición por ver cuál de las dos se acuerda de los momentos más asquerosos en nuestras vidas protagonizados por hombres. Yo me muevo, fiel a mis mitos, en un registro que va de aquella vez que un señor nos filmó descaradamente desde el asiento de enfrente en el metro hasta esa otra en la que un señor diferente aprovechó el tumulto en un autobús para tocarme el culo. María añade aquella vez que, volviendo a casa sola por la noche, un hombre le ofreció veinte euros por una mamada. Y esa otra en la que un chico paró el coche para preguntarnos cómo llegar al ayuntamiento mientras se cascaba una paja, y nosotras en nuestro estupor adolescente no supimos reaccionar y le dimos indicaciones precisas. Respecto a sacársela en público, dicho sea de paso, me anoto un punto con María, porque ella no recuerda (tal vez se le ha borrado por ser demasiado traumático) la primera vez que vimos un pene, a la edad de doce años. Un hombre apostado a la entrada de la piscina de nuestro barrio se lo estaba enseñando a todas las niñas que pasaban. Yo no guardo recuerdo del pene en sí, pero sí de su beatífica sonrisa de felicidad.

Pero no sólo son estas anécdotas extremas, concluimos, anécdotas que algunos amigos nos tachan de peliculeras cuando se las contamos. Las cosas asquerosas también siguen estando en el día a día. Ese profesor de la universidad que no nos podía hablar mirándonos a la cara, sino fijamente el escote, recuerda María con tono casi nostálgico. Hasta cuando éramos niñas, en el recreo, cuando los niños comentaban a quién de la clase le botaban más las tetas en la hora de gimnasia. Que te silben por la calle, que te griten “¡esas curvas y yo sin frenos, madre mía!” desde un andamio, que un viejo te susurre “conejo” al oído al pasarte al lado. Que te miren fijamente y de arriba abajo y de un lado a otro y en diagonal, como si quisieran comprobar que no te falta ningún órgano interno con su mirada rayos X, o como si intentaran dejarte embarazada con el poder de su mente. Tantas, tantas veces en el mismo día que se te quitan las ganas de salir a la calle con falda o cualquier cosa mínimamente ajustada, tantas veces que te obsesionas hasta con tu forma de caminar, y al final sólo quieres ponerte unos pantalones piratas y una camiseta sudada que te deje las lorzas al aire a ver si así te dejan todos en paz de una puta vez y se meten sus observaciones y sus miraditas por el culo.

Con esa charla hemos llegado a la calle Mayor, donde se divisa por la proa un ejemplo rotundo de cuanto hemos dicho. Dos sesentones emiten aullidos propios de un par de macacos en celo al paso de una rubia despampanante que intenta escabullirse tan rápido como le permiten los tacones. Los dos subhumanos siguen aullándole cosas incomprensibles a la chica, en un idioma que yo juraría que es latín, y entonces me doy cuenta de quiénes son. “María, pero si son dos escritores famosos. No ves que son…” “¡No me jodas! ¿El monarca de la isla imaginaria y el autor de pseudohistoria para tontos?”. María parece que se va a mear encima de la risa. “Míralos, chavala”, me dice. “Dos grandes nombres de la literatura española de nuestros tiempos, pero cuando los sacas de la caseta de la Feria del Libro parecen dos bonobos fugados del zoo”. Nos paramos a mirarlos mientras se alejan, moviendo desoladas la cabeza. “Qué pena dan. Están para abatirlos de un escopetazo”. “María, hija, qué burra eres a veces”. “Como acto piadoso, me refiero. ¿Acaso no se mata a los caballos? Es que parece que no van a perder nunca la costumbre, colega. La costumbre de que sus opiniones nos tienen que importar porque son las opiniones de alguien con pene. Y además, porque escriben como el culo, el pobre par de infelices”, sentencia María. Y como en todo lo demás que hemos discutido esta tarde, le tengo que dar la razón. 

Trainspotting II

Recientemente leí que van a rodar una segunda parte de Trainspotting, esa película, basada en un libro del mismo título, que yo seguía teniendo que ver con subtítulos en cuarto de carrera porque es una sucesión de escoceses jurando sin parar en arameo y hablando de farlopa con terminología muy específica. Trainspotting está ambientada, como quizás sepas, querido lector, en el mismo pueblo norteño en el que vivo desde hace un par de años, y cuenta las aventuras de un grupo de amigos heroinómanos capitaneados por Ewan McGregor.

La película no pretende reflejar fidedignamente la realidad yonqui de Edimburgo, y no tiene – yo creo – mayor pretensión que la de ser una comedia negra irreverente con color local. Desde luego si pretende ser representativa del ambiente heroinómano de Edimburgo, no lo logra para nada: en mi tienda y por la calle yo veo muchos yonquis y ninguno de ellos se parece a Ewan McGregor, y aún menos a un exmarido de Angelina Jolie.

Con todo, a mí me parecería más interesante si para esta segunda parte se dejaran de drogadictos atractivos y en su lugar se hiciera un retrato real de los yonquis de Edimburgo tal y como son, o al menos tal y como yo los veo en mi tienda cuando vienen a comprarse pantalones, a encerrarse en el probador durante veinte minutos para “probarse una camiseta”, o a intentar colarme un billete falso. Una película documental, vaya.

Hacer una película documental es otro de esos proyectos fantasiosos que flotan en mi mente desde hace tiempo, pero como no tengo ni los contactos, ni el conocimiento, ni el dinero ni, seamos sinceros, la iniciativa de hacerlo realidad, pues me limito a contárselo a mis amigos cuando voy un poco tibia de vinos o lo escribo en este blog. Más que nada porque mantener un blog parece estar siendo el único proyecto fantasioso que soy capaz de medio mantener, junto con el de doctorarme en menos de una década.

Desde mi nulo conocimiento sobre guión documental, ahí van algunas ideas. El escenario es por supuesto mi tienda charity de segunda mano, con vistas privilegiadas a la plaza detrás de la iglesia donde se reúne lo más selecto de la drogodependencia a tomar el sol (cuando lo hay), charlar, pasarse farlopa, bailar, o apuñalarse. La primera escena, desde la perspectiva del escaparate de mi tienda, es una persecución en esa misma plaza, que recuerde a la memorable primera escena de Trainspotting. Pero en lugar de Ewan McGregor, corriendo tenemos al yonqui alto con lágrimas tatuadas en las mejillas, que consigue alejarse unos metros del Poundstrechers donde acaba de robar un pack de mecheros hasta que el segurata lo placa contra el suelo.

El documental se estructura en torno a diferentes personajes que visitan la tienda o que vemos desde el escaparate. Algunos son antagónicos, como el yonqui de las lágrimas tatuadas en las mejillas, porque cada vez que entra en la tienda a robar una gorra parece que nos va a apuñalar a todos. O como Kaiser, que según la vox populi es el cabecilla de los yonquis, siempre lleva el pelo en una cresta que tiñe de diferentes colores según le cambia el humor y a quien al parecer le va un poco la pederastia.

Pero también hay personajes positivos, como Alice, que entró de voluntaria en nuestra tienda cuando llevaba limpia tres semanas y cuya mayor ilusión es que los dos hijos que le quitaron al nacer cumplan los dieciséis para que les dejen volver a ponerse en contacto con ella (que tiene veintidós). O como el señor que pide en el puente, que invierte treinta y dos libras en monedas de céntimo exclusivamente en ositos de peluche, y no se queja cuando le decimos que le tenemos que cobrar por la bolsa de plástico para llevarlos (aunque al final no le cobramos, porque tenemos corazón).

Hay algunos momentos de tensión, como cuando un hombre cubierto de sangre se encierra en el probador y se niega a abandonar la tienda hasta que teléfono en mano le digo “vamos a ver qué opina la policía de todo esto”, pero en general el documental no tiene demasiada acción. El paso del tiempo se mide a través de imágenes de cómo avanza la humedad que tenemos en el techo de la trastienda, que muestra una inmensa mancha de moho negro expandiéndose y abombando el techo hasta que hace que se descuelgue la alarma de incendios (prueba fotográfica adjunta).

moho

La otra línea argumental, que hilará todas esas secuencias inconexas de testimonio personal y las encaminará hacia su gran finale, será el cierre del Poundstretchers en la acera de enfrente, y la posterior ampliación de la tienda de souvenirs que ahora ocupa dos inmensos locales convertidos en uno. Aquí se pueden incorporar los testimonios indignados de algunos vecinos de la tercera edad, que se quejan de que los Gold Brothers se estén quedando con el monopolio de las tiendas de recuerdo de la ciudad. Incluso tienen su propio diseño de tartán, la cosa está claramente fuera de control.

Por si fuera poco, los Gold Brothers son conocidos por pasearse en excesivos coches deportivos por la ciudad, tratar de pena a sus empleados y tener una relación cuasi mafiosa con el ayuntamiento. Y así llega el esperado giro argumental: bajo la protección de la mancha de humedad de la trastienda, una de nuestras antiguas voluntarias que ahora trabaja en la tienda de enfrente contará en confidencia a nuestras cámaras que los cuatro sótanos bajo la flamante nueva tienda de recuerdos están llenos de ratas y medio inundados, que las paredes se caen a trozos y que, además, hay almacenadas espadas y otras armas más grandes que los inocentes cuchillitos de Highlander que se venden en la tienda.

Nuestro documental llega así a una apoteósica conclusión: tras varias denuncias anónimas, el ayuntamiento ha decidido por fin indagar en el turbio negocio de los Gold Brothers. Desde el escaparate de la tienda somos testigos de una gloriosa escena. Un registro inesperado en la tienda de recuerdos, un agente que conduce al encargado de la tienda esposado hacia el coche, decenas de curiosos rodean la tienda mientras la policía saca un cargamento de catanas y mazas medievales, varias abuelas niegan con la cabeza en gesto reprobatorio. Atardece sobre la plaza y Kaiser baila, melena roja al viento y ajeno a todo lo demás, al ritmo de los cánticos de los Hare Krishna. Créditos finales.

Agentes secretos

¿No te pasa a veces, querido lector,  que te sientes como si fueras un agente secreto infiltrado en un mundo de gilipollas? A mí últimamente me pasa mucho, sobre todo desde que formo parte de una de las comunidades con un mayor porcentaje de gilipollas, la comunidad académica.

Antes de empezar esta nueva etapa de mi vida yo tenía, como mucha gente, el estereotipo del doctorando de literatura como un ser completamente aislado de la sociedad: blanquecino por la escasa exposición a la luz solar, huraño, siempre con la nariz metida en un libro; que ha perdido la capacidad de reconocer el sabor de la cerveza, y  cuando es forzado a interactuar con otros seres humanos responde siempre con citas de Chaucer. Aunque yo siempre he desconfiado de los estereotipos, bien sé que algo tienen de verdad. Cuando empecé a frecuentar la sala de estudio que compartimos todos los doctorandos de mi facultad, enseguida detecté que había algunos que lo cumplían al pie de la letra.

Lo cierto es que cuando el principal objetivo de tu vida durante tres años es escribir una tesis que ni siquiera tú estás muy segura de qué trata, pero que sabes que a lo sumo van a leer otras dos personas en el mundo mundial además de tus supervisores, es normal que te afecte de alguna manera. Debo reconocer que en este último año y medio, ciertas situaciones sociales han empezado a incomodarme. No es sólo que cada vez más a menudo quedarme en pijama viendo películas con mis compañeras de piso un viernes por la noche me parezca el plan perfecto, o que cuando salgo prefiera ir a un bar de hípsters y tomarme dos medias pintas de cerveza artesana a ir a una discoteca con la música alta y matarme a chupitos de tequila: algunos dicen que estos son signos de estar entrando en la vida adulta.

Pero por ejemplo, hace poco salí de casa un sábado con el objetivo de comprarme un par de vaqueros nuevos que necesitaba con urgencia, y no fui capaz. Una vez dentro del H&M empecé a hiperventilar, según me abría paso a codazos entre un enjambre de adolescentes, marañas de crop tops volando sobre nuestras cabezas. Ya veía luces blancas cuando agarré casi sin mirar dos o tres pantalones, pero fue en la kilométrica cola del probador, cuando una turista francesa me abordó para preguntarme si sabía cuál era la diferencia entre un padded bra y un push-up bra que me rendí y abandoné la tienda a la carrera. Hace un par de años esto no me hubiera pasado.

A pesar de todo, en general considero que no lo estoy llevando tan mal. Algunos de mis compañeros doctorandos estereotípicos reaccionan mucho peor cuando no les queda más remedio que interactuar con otras personas. A la mayoría los veo a diario, pero ni siquiera sé su nombre porque en la oficina de posgrado está mal visto dirigirse la palabra (más sobre esto en un momentito). Sin embargo, a veces no nos queda más remedio que hablarnos, por ejemplo en alguno de los eventos que la facultad organiza para hacernos socializar, con vino y patatas fritas. Sobrios no te dan ni los buenos días, pero déjales beberse un par de copas de tinto y todo el trato humano que han estado evitando se les desborda por todos lados. En el último de estos eventos al que fui, una chica se me casi desmayó encima e inmediatamente me arremangó el jersey para demostrarme cómo su brazo era más blanco que el mío. A continuación me explicó que ella era un vampiro, porque además de pálida es alérgica al ajo (teoría que se probó falsa cuando un rato más tarde la encontramos inconsciente en el suelo del baño, porque que yo sepa los vampiros no duermen por la noche).

Pero yo de lo que había venido a hablar aquí, querido lector, que me distraigo, es de gilipollas. Y es que hay una parte del estereotipo del doctorando de literatura con la que yo no contaba antes de meterme en este lío, y que es su inmenso ego. Cualquiera que se imagine a una persona que dedica sus días a leer y a teorizar sobre Chaucer, no se va a imaginar que este entregado y pálido individuo considera que su labor va a contribuir de forma decisiva al bien de la Humanidad. Como he dicho antes, yo sé que casi nadie va a leer mi tesis de doctorado, y la única razón por la que pago miles de libras de matrícula al año, trabajo en tres sitios diferentes para sobrevivir, y paso domingos por la noche leyendo crítica literaria sobre Borges es porque un día aspiro a tener un despacho en una universidad que ponga “Doctora Martínez” en la puerta, y dedicar el resto de mi vida laboral a dar clases de español usando power points con fotos de bebés.

¡Qué inocente puedo ser a veces, querido lector! Yo creía que todo el mundo hacía doctorados por esto mismo, pero de lo que no me daba cuenta es de que escribir una tesis sobre la representación de la masculinidad en la literatura suburbana neozelandesa es tan importante, o más, que descubrir la cura del cáncer o resolver el conflicto en Oriente Medio. Por eso en la sala de posgrado está mal visto dirigirse la palabra: a los importantísimos académicos en proceso no se les puede distraer de su esencial labor. Pobre de quien se atreva a darle los buenos días a un amigo (en caso de tenerlo), pero también pobre de quien camine demasiado rápido, olvide cerrar bien la puerta, que si no hace “biiip”, mastique fuerte o teclee con energía. Que conste que todo lo anterior son ejemplos de quejas reales manifestadas por gente en la oficina a través de emails o notas pasivo-agresivas.

Mi iniciación al mundo de los académicos de la literatura también me ha descubierto otra nueva realidad terrorífica, que es la de las conferencias, donde académicos de varias universidades se reúnen y se turnan para hacer presentaciones sobre sus proyectos de investigación de las que aproximadamente el 90% son completamente incomprensibles. También en al menos un 90% son un espectáculo de lo que a mí me gusta llamar onanismo intelectual: como cualquier tipo de onanismo, está muy bien hacerlo en la privacidad del hogar de cada uno, pero hacérselo contemplar a un grupo de desconocidos, ilustrado con una presentación de power point, puede resultar un poco desagradable.

La mayoría de conferencias a las que he ido se desarrollan más o menos así:

  • Profesor de la Hostia de Universidad Pija analiza la influencia de filósofo A en la obra de Autor Menor Nicaragüense B. Todos aplauden.
  • Doctora en Cosas Relevantes identifica imágenes fálicas en novela inédita de Canónico Autor C. En el turno de preguntas, Profesor de Estudios Post-Bla y Pre-Bla le hace a Doctora en Cosas Relevantes una pregunta sin relación alguna con su presentación, a la que Doctora en Cosas Relevantes contesta algo que tampoco tiene aparente relación alguna ni con la pregunta, ni con su propia presentación. Todos aplauden.
  • Selección de sándwiches fríos.
  • Doctorando en Cosas Importantísimas refuta la establecida lectura Lacaniana del primer libro de poemas de Autora D. Profesor de la Hostia de Universidad Pija le pregunta a Doctorando en Cosas Importantísimas si ha leído los 27 tomos de la autobiografía de Autora Desconocida E, sin aparente relación con Autora D. Doctorando en Cosas Importantísimas no los ha leído; se disculpa y apunta el nombre que Profesor de la Hostia de Universidad Pija deletrea para él. Todos aplauden.
  • Té, café y galletitas.

Es en estos momentos, querido lector, en los que me siento como describía al principio, como una agente secreta en un mundo de gilipollas. Pero, ¿cuál es mi misión?, ¿qué estoy haciendo realmente aquí, haciendo un doctorado que no creo que vaya a salvar el mundo?, y ¿qué pasa si soy yo la gilipollas por no tomarme en serio los importantísimos proyectos de todos estos académicos prepotentes?

Hace un par de semanas, unos días antes de ir a la primera conferencia en la que yo misma iba a presentar, fui al despacho de mi supervisora, turbada por todos estos pensamientos negativos. Ella me dio algunos consejos sobre qué hacer si iba pillada de tiempo en mi presentación, o cómo responder si Professor MegaFuck de la Universidad de Oxford me hacía una pregunta rebuscada para ponerme en evidencia. Yo le confesé, de la forma más elegante que pude, que este negocio de las conferencias me resultaba un poco prepotente e innecesario. Y ahí fue cuando me alegró el día, contestándome que por supuesto, que las conferencias no eran más que una competición de egos, pero que se esperaba que los doctorandos fuéramos a un par de ellas al año, para llenar currículum.

Sigo prefiriendo el término onanismo intelectual a competición de egos, pero lo importante es que la charla con mi supervisora me demostró que no es que yo sea estúpida porque muchas cosas del mundo académico me parezcan una memez, es que muchas lo son. Y tampoco soy la única agente infiltrada en un mundo de gilipollez: ha costado más de un año pero ya conozco, en la oficina de posgrado, a un selecto grupo entre los que nos saludamos efusivamente cada vez que entramos en la sala, aunque llevemos dieciséis horas viéndonos en la universidad ese mismo día. Incluso ocasionalmente nos achispamos con dos medias pintas de cerveza artesana en un bar hípster y nos reímos de lo idiota que es todo el mundo en la sala de posgrado.

A veces me imagino lo maravilloso que sería ir descubriendo poco a poco que todos los demás doctorandos pálidos de los que no sabemos el nombre son en realidad agentes secretos infiltrados que se mueren por irse a por una cerveza y dejar de pensar en Chaucer, y no niñatos prepotentes que se toman demasiado en serio a sí mismos. Por desgracia me temo que no es así, y que el “mundo académico” está lleno de prepotentes, trepas y más que nada gente que no sabe cómo relacionarse con otros seres humanos. Como el mundo en general, supongo. Yo desde aquí declaro con orgullo que:

  • a mitad de mi segundo año de doctorado aún no sé de qué va mi tesis
  • más de una vez me he dormido leyendo a Borges
  • no entiendo de qué habla Derrida
  • prefiero, si tengo que elegir, ser una académica de mierda que una mierda de persona.

Menos mal que no soy la única.

Dos cosas que aprender

El domingo pasado estaba, como todos los domingos, trabajando en la tienda, cuando entró un yonqui, de nombre Michael, interesado en nuestra colección de música. Le conduje hasta esa sección de la tienda – vinilos una libra, CDs una libra cincuenta, cintas diez peniques – e hice lo que pude para ayudarle a encontrar “algo de los 80, o country”. Como Michael no ve bien de cerca, me pidió que le leyera el tracklist de un CD doble de grandes éxitos de la canción romántica.

– Lionel Richie, Say You, Say Me. Bee Gees, How Deep Is Your Love. Chris de Burgh, Lady In

Michael me interrumpe sacudiendo la mano en un gesto de rechazo.

– Nah, todo temazos, pero las tengo ya. Te voy a decir una cosa… ¿cómo has dicho que te llamabas? Eso, Clara. Te voy a decir una cosa, Clara. Siempre que vengo a esta tienda me tratáis muy bien, y yo de verdad que lo agradezco. Hay mucho saco de mierda suelto por ahí, pero yo ahora soy una persona decente. Yo he vivido muchas cosas, una vida de violencia: he cometido muchos errores e incluso una vez estuve a punto de morir. Hice tantas estupideces que no sabría por dónde empezar a contarte, pero… ¡VANESSA PARADIS! ¿¡Vanessa Paradis es country!?

Ese mismo sentimiento, el de no saber por dónde empezar a contar, es el que me invade a mí cuando pienso, querido lector, en todo lo que he estado haciendo desde la última vez que publiqué en este blog, aunque seguramente en mi caso se deba menos al consumo de heroína que en el caso de Michael.

Empezaré por donde lo dejé la última vez, en mis experimentos con las páginas web de citas. Después de conocer a escritores fracasados de novelas de fantasmas y conversar sobre las habilidades deportivas de los dinosaurios, la cosa fue degenerando hasta que se salió de control. Una noche de domingo, mientras volvía en el autobús después de una cita con un hombre que había publicado un libro sobre Robocop después de haber esquivado una temprana vocación religiosa, y que tenía la casa decorada únicamente con posters de grupos de pop femenino coreano, iba hojeando los tres libros – uno de Deleuze, otro sobre la herencia política de Margaret Thatcher, y otro sobre whisky – que había recibido en pago por no dar detalles en mi blog sobre la esperpéntica cita de la que volvía, cuando decidí que tal vez era hora de poner en pausa mi experimento.

Al día siguiente, además de cerrar mi perfil en la página, pensé que tal vez también me viniera bien tomarme un descanso de la realidad virtual en general, así que decidí quitarme Facebook durante un mes, a ver qué pasaba. No me considero en absoluto una adicta a Facebook, pero para evaluar si de verdad no tenerlo cambiaba en algo cómo me administro el tiempo, decidí hacer una lista de logros conseguidos durante ese mes. La transcribo:

– Usar hábilmente mis contactos para conseguir un trabajo de verano… repartiendo folletos.

– Escribir dos relatos cortos sobre mis experiencias con las páginas web de citas, que empezaron siendo humorísticos pero acabaron siendo deprimentes o de terror; uno incluso termina con una resurrección zombi.

– Escribir un poema inspirado por la campaña electoral británica.

– Leerme los cuatro tomos de las obras completas de Jorge Luis Borges.

– Hacerle esto a la pared del salón:

DSC_0025

– Interponerme entre Max, el majara satánico, y la puerta de la trastienda haciéndole saber que ya no es bienvenido los días que yo estoy de encargada.

youshallnotpass

– Volver a ver al señor de la gabardina. Esta vez lo vi fuera de la biblioteca nacional de Escocia, fumando sin parar y mirando para todos lados, muy nervioso. Al rato salió otro señor de la biblioteca, que claramente trabaja allí, y se intercambiaron unos sobres con documentos que el señor de la gabardina, después de inspeccionar cuidadosamente, guardó en su misteriosa bolsa de deportes. (Sé que esto no cuenta técnicamente como logro personal, pero me parecía relevante).

– Superar mi primer año de doctorado sin ser expulsada de la universidad.

Pasado un mes evalué mi lista de logros y decidí que probablemente no soy adicta a Facebook y que probablemente hubiera tenido tiempo de hacer todas estas cosas y a la vez ser testigo de cómo mis amigos virtuales se prometen en matrimonio, se casan, y se van de vacaciones a la playa, así que me lo abrí de nuevo. Desde entonces no ha cambiado gran cosa. El pluriempleo me tiene trabajando siete días casi todas las semanas, y porque no hay más de siete. Me tomé unas breves vacaciones en Noruega, donde descubrí que tengo un talento innato para pescar cangrejos con una cuerda, una pinza de la ropa y un mejillón machacado. He tenido más citas cuestionables, con personas que el primer día parecen normales y el segundo día te dicen cosas como “yo no es que vaya a votar a UKIP, pero si tuviera que tomarme una cerveza con un político, sería con Nigel Farage”. He intentado durante meses escribir algo en este blog, fracasando hasta hoy.

Yo siempre intento, cuando escribo una nueva entrada, que de mis absurdas e intrascendentes experiencias se pueda sacar algún tipo de moraleja o cuando menos conclusión, porque si no tengo la impresión de que no tiene ningún sentido escribir nada y menos hacerlo público. Pero estos últimos meses, querido lector, mis vivencias han sido mucho country, heroína y Vanessa Paradis (metafóricamente, claro): no hay quién les encuentre el hilo conductor.

El domingo pasado, un rato después de que Michael se fuera de la tienda sin encontrar ningún CD que le convenciese, vino un cliente imbécil que quería que le hiciese descuento por comprar cinco camisas a un precio que ya era de por sí irrisorio, y además me lo pintaba como si fuera él quien me estuviese haciendo un favor a mí. Yo siento un desprecio muy intenso por la gente que intenta regatear en la tienda de caridad más barata de Edimburgo, así que me crucé de brazos y, como a terca no me gana nadie, al final le tocó aceptar la derrota y pagar las cinco camisas al precio que quise yo. Según salía por la puerta con la cabeza gacha, se acercó al mostrador un señor pequeñito para pagar una partitura de piano y Guerra y Paz. Me miró con un dedo levantado y dijo muy solemne:

– En la vida hay dos cosas que aprender de la gente: lo que se debe hacer, y lo que no se debe hacer. Gracias por lo que haces.

Como toda respuesta yo sonreí y le di su cambio, y antes de desaparecer por la puerta volvió a pararse con el dedo en alto y me repitió: “¡Dos cosas!”

Yo sé reconocer una lección vital cuando la tengo delante, pero la verdad es que no estoy segura de haber comprendido totalmente ésta. Últimamente tengo la sensación de que hago muchas cosas, pero lo de que esté aprendiendo cuáles de esas cosas debo hacer y cuáles no ya no lo tengo tan claro. Aun así no pierdo la esperanza de encontrarle un día no muy lejano sentido a las cosas que hago y a las que no hago; un día en el que escribiré sin parar entradas en este blog y las terminaré levantando un dedo y haciéndote aprender, querido lector, no una, sino dos cosas de la vida. Hasta entonces, gracias por leer.

Una historia de fantasmas

El mes pasado tuvo lugar en Europa un fenómeno que no volverá a repetirse en décadas: un eclipse de sol que fue total en algunas zonas del norte, y que se pudo observar de forma parcial en gran parte del continente. Yo salí a verlo al parque que hay delante de mi casa, y la verdad es que fue un poco decepcionante: eran bastante más entretenidos la gente y sus métodos para observar el eclipse. Algunos intentaban hacer pasar los rayos de sol a través de un colador y proyectarlos sobre una superficie blanca, otros tenían la cabeza metida dentro de una caja de cartón y seguían las inciertas instrucciones que sus amigos leían en su iPhone, los niños de un colegio corrían desbocados por el parque gritando y agitando al viento hojas de papel con agujeritos, sin prestar ninguna atención a los misterios de la astronomía que tenían lugar en el firmamento.

Debe de ser mi vocación de humanista la que hizo que también encontrase mucho más interesante que el eclipse de sol otro fenómeno que tuvo lugar unos días más tarde, por completo desligado de la trayectoria de los cuerpos celestes que es tan distinta de la impredecible naturaleza humana. El fenómeno en cuestión tuvo como detonante la final de la copa de rugby de las seis naciones, uno de cuyos últimos partidos se jugaba en Edimburgo y que había atraído a la ciudad huestes de aficionados. El deporte en sí es una cosa en la que yo por mucho que lo intento no consigo interesarme demasiado, pero las reacciones que provoca en la gente sí que las considero fascinantes. Lo que pasó a grandes rasgos fue así: dos equipos de señores recios ligeros de ropa corrieron de un lado a otro de un estadio y se apilaron unos sobre otros en repetidas ocasiones por conseguir una pelota con forma de melón; aproximadamente dos horas más tarde, Irlanda salió ganadora del campeonato. Y como es comprensible los irlandeses en Edimburgo se arrojaron a la calle a celebrar por todo lo alto.

Estimo que contarás, querido lector, con los suficientes estereotipos sobre irlandeses y su aprecio por el consumo de bebidas alcohólicas como para hacerte una idea del panorama que ofrecía la ciudad aquella noche. A esa imagen, súmale que casi todos eran hombres, que casi todos se iban al día siguiente y que para casi todos sólo había otro tipo de triunfo que pudiese mejorar una victoria deportiva, ya sabes a lo que me refiero. Como por arte de magia de pronto no se podía bajar una calle sin que decenas de hombres de verde con  sombreros de leprechaun te abordaran, te preguntasen what’s the craic?, sintieran el impulso de hacerte saber si venían de County Donegal o de County Mayo, o directamente de gritarte que te querían: era como un supermercado de hombres, y todos estaban en oferta.

Si pinto esta escena de forma tan exagerada es por dos motivos: primero, porque en este país que los hombres te hablen un sábado por la noche – y cuando me refiero a que te hablen quiero decir que te hablen antes de estar tan borrachos que no se les entienda y parezca que se te van a desplomar encima en cualquier momento – es todo un acontecimiento, y uno que realmente tiene lugar con la frecuencia de los eclipses. Segundo, porque esta oferta inusitada de género masculino me recordó a esa expresión que tanto espantó a mi madre cuando la escuchó por primera vez en la radio en boca de una señora que se había divorciado recientemente, y que es estar en el mercado de la carne. El mercado de la carne es, por si a alguien le es este término tan extraño como a mi madre, una lonja metafórica en la que se supone que por defecto estamos sujetas a la compra-venta emocional todas las personas que en este momento no estamos en una relación. Estar en una relación también es un concepto muy complejo que a mí me confunde profundamente, pero no me voy a poner a deconstruirlo ahora porque si no se me va el post de las manos.

La expresión estar en el mercado de la carne no evoca un lugar agradable, más bien hace pensar (o al menos a mí, que tengo mucha imaginación) en un escenario de vísceras, de superficies pegajosas y de patitas de mosca que revuelve el estómago más resistente. Además, las relaciones comerciales que se establecen en el mercado de la carne son muy inciertas, porque nunca sabes con exactitud si eres tú quien compra o quien está a la venta: bajas al mercado con antojo de un buen solomillo, pero te encuentras con que lo único que queda son alitas de pollo. Y de pronto eres tú quien está al otro lado del mostrador, en oferta, como unos tristes filetes rusos al borde de la caducidad esperando que alguien se los lleve a casa antes de que cierre el supermercado: con lo fácil que sería hacerse vegetariana.

Todos estos pensamientos sobre el mercado de la carne me dieron ganas de explorar más a fondo este territorio fascinante para poder compartir contigo mis impresiones, querido lector, porque sabes que yo sólo vivo por ti. Así que unos días más tarde decidí resucitar un proyecto sociológico que tenía en el tintero desde hace algunos meses y, visto que el mercado de la carne en este país sólo es tangible cuando se alinean los astros o cuando los irlandeses ganan al rugby, decidí usar como campo para mi investigación ese Amazon del amor que son las páginas de online dating, y abrirme yo misma un perfil. Que quede claro, no obstante, que todo lo hago por aburrimiento y por interés antropológico, porque soy incapaz de tomarme nada de esto en serio. Yo, humildemente, sigo pensando que no tiene sentido ir a por medias naranjas al mercado de la carne (ya paro con las alegorías cutres, prometido) y que, aunque haya parejas felices que se conocen en este tipo de páginas, es humanamente imposible registrarse en una de ellas realmente convencida de que se va a encontrar el amor. Me podéis llamar cínica, que no me ofendo. Soy consciente de que mi concepto de lo romántico está completamente atrofiado y prueba de ello es que le encuentre mucha más coherencia argumental a cualquier película de David Lynch que a El diario de Noah.

Pero es que a esto del online dating de verdad que es muy difícil encontrarle el romanticismo. Os voy a explicar cómo funciona. Primero, sólo dispones de tres informaciones sobre los hombres en oferta: su nombre de usuario, sus fotos de perfil, y el texto de la sección “acerca de mí”. Muchas veces el nombre de usuario ya deja claras muchas cosas sobre cómo va a ser una persona:

username username2 username3 username4

Las fotos son obviamente lo más importante de un perfil, porque al fin y al cabo la decisión de mandarle o no un mensaje a una persona en una de estas páginas depende de si te parece atractiva o no. Esto no siempre es fácil, porque a partir de tres o cuatro fotos es un reto tener una imagen real de una persona a quien no has visto jamás en persona. La mayoría de las fotos son selfies desenfocadas, pero también las hay de brazos tatuados, de torsos frente al espejo del baño o incluso de penes, aunque los penes no están permitidos y rápidamente les borran el perfil. Esta imagen deliberadamente fragmentada de los sujetos en oferta no facilita los esfuerzos de reconstrucción mental: es un poco, volviendo al imaginario del mercado de la carne, como mirar una bandeja de muslitos de pollo en el supermercado e intentar imaginarse el pollo entero, vivo y con todas sus plumas, correteando por un prado. Se nota que algunos ya han tenido esto en cuenta y, conscientes de no poder proporcionar una imagen real de sí mismos, se arrojan al abismo de los límites de la representación:

pof35

Por supuesto se puede argumentar que la sección “acerca de mí” es el espacio en el que se distinguen las personalidades genuinas, aunque también los hay que se empeñan en mantener el misterio:

pof20

No sé si será sólo impresión mía, pero leyendo perfiles lo único que saco en claro es que a todos los hombres les gusta el deporte, la música, viajar, y salir con sus amigos, y esperan conocer a una mujer dulce y sincera de gustos similares. Esto resulta un poco alienante porque después de un rato, más que intentando saber algo sobre la vida de una persona, parece que estás corrigiendo un taco de redacciones de inglés de estudiantes de secundaria. No obstante, de vez en cuando se encuentran cosas que se salen del molde:

pof19b

pof22

Y por supuesto es aquí donde los verdaderos románticos tienen oportunidad de confesar sus sueños y esperanzas:

pof31b

pof32b

pof34b

Cuando los hombres te encuentran atractiva basándose en estas mismas informaciones en tu perfil, te mandan un mensaje. Muchas veces dicen algo originalísimo como “hola” o “¿qué tal tu semana?”, pero otros también te ofrecen un paseo en su Lamborghini o te dicen que eres muy guapa, pero que si no te va el sadomaso por favor no te molestes en contestar. Y luego están los poetas:

mss

Lo bueno (y lo malo) que tiene internet es que te da la posibilidad de decirle cualquier cosa a cualquiera sin ningún tipo de restricción. En las últimas semanas, he tenido conversaciones en las que hombres desconocidos me han contado que acababan de comerse un helado, que esa mañana les había despertado muy temprano el sol, o que su mayor afición en esta vida es levantarle la falda a una mujer.

Obviamente no todo es así, y de vez en cuando alguno dice algo medio gracioso que no da miedo, y en la foto parece que no está mal, le contestas y después de un par de mensajes concertáis una cita. Esta es la mejor parte, porque la gente en tres dimensiones normalmente gana bastante. Claro que no siempre es todo como te lo esperabas: quien en internet alterna leer a Dylan Thomas con mazarse en el gimnasio, es decir, quien en internet parece el hombre perfecto, en persona tal vez tenga alguna tara. Puede que lo que alterne realmente sea mirar absorto durante minutos cómo se derrite el hielo en su vaso sin decir nada, con apasionados monólogos sobre por qué anatómicamente los dinosaurios no pueden ser buenos en ningún deporte e hicieron bien en extinguirse. De todas maneras, casi siempre se saca algo positivo, como de conocer gente en general. Te ríes un rato, te recomiendan una película, normalmente insisten en pagar ellos la cerveza y, bueno, incluso se pueden dar otras posibilidades que no detallo aquí porque mi madre lee este blog.

El otro día quedé con un muchacho que me contó que en su tiempo libre escribe novelas, que lleva ya ocho completas pero que nadie se las publica. Me dijo que algunas eran de amor, pero que la mayoría eran de fantasmas. Al parecer saca inspiración de cualquier cosa. “Seguro que con la vida tan interesante que tienes, alguna de las historias que me cuentes esta noche me inspira para mi próxima novela”, me dijo. Yo le dije que también escribo y que tengo un blog, y que a lo mejor, quién sabe, algo de lo que él me contara también me inspirase para la próxima entrada. Porque lo importante, creo yo, es sacar siempre inspiración creativa de cualquier tipo de experiencia. Así luego, querido lector, tengo más historias que contarte. De amor no lo creo, pero de fantasmas igual sí.

Ser gorda

Todo el que aprende o enseña español sabe que una de las cosas más difíciles de nuestro idioma es la diferencia entre los verbos ser y estar. Cómo se usan ser y estar cuando van seguidos de un adjetivo: no creo que haya profesor de español que no se haya devanado los sesos para hallar una regla absoluta que explique sin excepción todos los casos, aun sabiendo que no la iba a encontrar. A lo más que se llega es a que el verbo ser determina una cualidad, y el verbo estar, un estado. De esta forma se está cansado un día concreto en el que no se ha dormido bien pero se es moreno todos los días del año, sin importar lo que se duerma.  De la misma manera, el mismo adjetivo puede funcionar con los dos verbos para designar simplemente si una cualidad es transitoria o permanente, y así uno puede estar tonto una mañana y ponerse los calcetines desparejados, o puede ser tonto toda la vida y sin remedio, como Mariano Rajoy. Y también están los casos en los que un mismo adjetivo cambia completamente de significado según se use con el verbo ser o estar, como el binomio estrella de la docencia de español como lengua extranjera, Juan es bueno/Juan está bueno.

¿Pero y con gordo, se usa ser o estar?, me preguntaron mis alumnos el otro día en clase. Se pueden usar los dos, contesté. ¿Pero cuál es la diferencia? ¿Ser gordo significa que es una cualidad permanente y estar gordo significa que es un estado temporal? ¿O es lo mismo? En casa le seguí dando vueltas a todo esto porque sentía que, habiendo estado y habiendo sido gorda yo misma en el pasado durante muchos años, era mi deber llegar a una conclusión al respecto. Al final determiné que sí que hay una diferencia, diferencia que, como ya a estas alturas sospecharás, querido lector, es mi propósito exponer en esta entrada de blog.

No quiero ponerme dramática desde el principio, pero que quede claro que ser una adolescente gorda no es una experiencia agradable. Limitándonos a un orden de problemas del primer mundo, me atrevería a decir que tres de las peores cosas que le pueden pasar a una adolescente son: estar gorda, llevar gafas y llevar aparato en los dientes. Yo viví simultáneamente esas tres desgracias en mis (abundantes) carnes durante gran parte de mi adolescencia. Además de muchas sesiones de llanto en los probadores de Cortefiel intentando entrar en una talla 46, la combinación de estos tres dones me adjudicó por mayoría absoluta el puesto de gorda oficial de la clase, cargo del que por desgracia nadie tuvo a bien venir a derrocarme en los años de mi mandato totalitario. El puesto de gorda incluye responsabilidades como ser esa chica cuyo nombre se escribe dentro de un corazón de tiza junto al del compañero al que se quiere humillar, atender al apodo de “La buñuelo” en el recreo, y temer la clase de educación física toda la semana porque el pantalón de chándal te marca los michelines. Por suerte la década de los 2000 nos trajo esa maravillosa moda de atarse las chaquetas a la cintura, que salvaba de muchos apuros estéticos.

Ser una adolescente gorda también conlleva ocupar una posición incierta dentro de la sociedad. ¿Cómo saber qué debes hacer para vivir tu adolescencia correctamente, si las quinceañeras gordas no están representadas en los productos culturales en los que se espera que los jóvenes basen su estilo de vida y sus metas vitales? Por ejemplo, ninguna de las princesas Disney es gorda. Tampoco son gordas las protagonistas de las comedias románticas sobre estudiantes de instituto. Y parecía que ser guapas y delgadas tenía bastante que ver con las cosas que hacían esas chicas, como casarse con un heredero al trono o ligarse al malote de la clase. Pero si no me podía identificar físicamente con esos personajes que se me proponían como modelo, yo no tenía claro cómo me tenía que comportar.

Había, no obstante, un sutil mensaje que yo infería de todo esto, y que era que si no era guapa y delgada había una serie de cosas que no podía esperar de la vida. Por ejemplo: ser la chica popular de la clase, perder la virginidad en el asiento trasero de un coche, ser rescatada de una torre, recibir ayuda de animales antropomórficos para asistir a un baile de gala, ser amada. Como es comprensible, esta falta de referentes en la cultura popular me limitaba mucho a la hora de participar en sociedad, por lo que terminé por pasar gran parte de mi adolescencia encerrada en mi cuarto leyendo mucho y escuchando Radiohead. Percibe, lector, mi ironía: en retrospectiva me parece que seguramente salí ganando, pero cuando tienes quince años parece mucho más emocionante pasar el viernes por la tarde emborrachándote a Malibús con piña detrás de las pistas de tenis y liándote con el Ruben, que tiene moto porque trabaja de repartidor en Telepizza, que acompañando a tus padres a hacer la compra semanal en Alcampo.

Me diréis ahora: Clara, qué exagerada eres, cómo que las películas Disney hacen que las chicas gordas se piensen que no merecen ser amadas. Soy consciente de que estoy generalizando, pero lo cierto es que esto es algo que mucha gente, incluso gente que nunca en su vida ha sido gorda, tiene metido en la cabeza, y de algún sitio se lo tienen que sacar. Yo he escuchado a amigas mías, amigas a las que respeto y admiro, decir delante de su novio y como excusándose ante los demás presentes “mirad qué bueno es, me quiere aunque soy una gorda”, por el simple hecho de haberse pedido postre en un restaurante. Existe un terror social –  en especial entre las mujeres, que como no necesitas que te recuerde, querido lector, somos quienes más padecemos bajo el yugo de la dictadura de la apariencia física – a ser una gorda. Es un terror que es mucho más evidente para quienes son considerados gordos por el resto de la sociedad. Cuando eres una gorda eres constantemente consciente de cómo te ve la gente, y aprendes a leer en sus ojos cuando te miran que están pensando “diosito, por favor, pase lo que pase,  no me dejes ser nunca como ella”.

Una vez más, no pretendo hacerme la víctima, pero es bastante molesto que la gente te mire de esa manera. Sobre todo porque sabes que están pensando que eres gorda porque no te molestas en dejar de serlo, porque no dejas de embutirte, uno tras otro, pasteles de chocolate en la boca, sin masticarlos siquiera. Porque te pasas el día tirada en el sofá viendo la televisión, comiendo patatas fritas, y probablemente sin ducharte, cuando lo que deberías hacer es seguir religiosamente la dieta de la piña hasta mear cócteles tropicales e ir al gimnasio a sudar toda tu grasa, tu vergüenza de ser gorda, hasta expiar tu pecado estético en las máquinas de spinning.

Inexplicablemente yo no tuve que hacer ninguna de estas cosas. Un día estaba gorda y de pronto dejé de estarlo: di un estirón, los cúmulos de grasa que antes deformaban mi cuerpo se redistribuyeron conforme a los cánones de belleza vigentes, me quitaron el aparato de la boca, me puse lentillas. Así de simple, como si mi vida en realidad siempre hubiera sido una telenovela colombiana. Ahora cuando pasaba junto a una obra me silbaban y me gritaban obscenidades como a las chicas normales de mi edad. Era oficial, yo ya no estaba gorda: de hecho, incluso estaba buena.

Pero el que yo hubiera dejado de estar gorda no significaba que hubiera dejado de ser una gorda. Yo no sentía que nada hubiera cambiado en mi vida desde que mi cuerpo por fin se parecía a lo que yo siempre había querido que se pareciese. No tenía la confianza en mí misma que exudaban las chicas delgadas que salían en la tele. Y aún más, aquellos que siempre se habían metido conmigo por ser gorda, me seguían tratando igual. De esto me di cuenta un día en el instituto, cuando uno de los subhumanos con los que iba a clase hizo un dibujo de mí en la hora de matemáticas. El dibujo era muy simple: yo era una gran circunferencia de la que salían brazos y piernas, mi cabeza era mucho más pequeña que mi cuerpo, llevaba gafas y junto al dibujo ponía mi nombre, por si quedaba alguna duda de quién era el objeto del retrato. El artista obviamente sólo quería faltarme al respeto con su creación, pero igualmente me llamó la atención que alguien que se sentaba todos los días a dos mesas de mí, y que por tanto tenía que haberse dado cuenta de que yo ya no estaba gorda, me siguiera tratando como si fuera una gorda.  Él seguía teniendo en la cabeza la imagen que, me di cuenta entonces, yo también seguía teniendo de mí misma en mi propia cabeza.

Yo estuve gorda muchos años, porque tenía más reservas de grasa en el cuerpo de lo que la crueldad adolescente de mis compañeros de clase podía pasar por alto. Durante los años en los que estuve gorda, también fui una gorda, porque desarrollé una imagen mental de mí misma, de lo que podía y no podía esperar de la vida porque mi cuerpo fuera de una determinada manera. Esta imagen la creé yo misma, pero también colaboraron activamente las personas que me llamaban “La buñuelo” y las que me miraban como si mi cara estuviese perpetuamente cubierta de nutella. Y las películas Disney, por mucho que os joda. En un determinado momento de mi vida las reservas de grasa de mi cuerpo se redujeron considerablemente, y dejé de estar gorda. Desde ese momento mi condición de gorda pasó del estar al puro ser, pasó de una cualidad física a un estado mental por completo desligado de cualquier dimensión corpórea, pero por lo tanto también mucho más difícil de cambiar.

Costó varios años más, pero yo ahora no me considero gorda, ni en esencia ni en estado. Es muy probable que para algunas personas esté gorda, porque no sé lo que se siente al caminar y que mis muslos no se toquen. Pero ya no soy una gorda, porque he decido que todo esto no me importe una mierda. No sé cuánto peso porque sólo me subo a una báscula cuando voy al médico. No tengo ni la más remota idea de cuál es mi talla, y en las tiendas de ropa cojo una prenda al azar y decido a ojo si voy a entrar en ella o no. Y si bien en mi vida he conocido personas que han encontrado difícil amarme, tengo muy claro que no ha tenido nada que ver con el hecho de que yo siempre, siempre pida postre. Personalmente, yo no podría amar a alguien que no pida postre.

Así que, querido lector y sobre todo lectora, mi consejo es que si un día te encuentras en el probador de una tienda de ropa, arrinconada por la imagen en el espejo de tus michelines rebosando por la cremallera de unos pantalones que se niegan a cerrarse, no desesperes. Respira hondo y lleva a cabo este pequeño ritual. Sal del probador con calma, busca unos pantalones con elástico, o simplemente abandona la tienda. Y sobre todo piensa que siempre podría ser peor: podrías ser un guiri que estudia español, y no llegar jamás a entender cuándo mierda se usa el verbo ser y cuándo el verbo estar cuando van acompañados de adjetivo.

Serendipia

Esta mañana estaba en la sala de estudio de posgrado de la facultad, siguiendo con interés deportivo una cadena de emails pasivo-agresivos donde se debatía si debe o no estar permitido que los estudiantes consuman nutella en dicha sala de posgrado, cuando sonó la alarma de incendios.  Durante unos segundos todos los que estábamos en la sala nos miramos confusos, porque la alarma la prueban todos los jueves, pero nos dimos cuenta de que no era jueves, así que con la calma y el aplomo pero también con la presteza que puede esperarse de un puñado de doctorandos que saben que el mundo no podría seguir girando si algo les impidiera terminar su tesis sobre la representación de la masculinidad en la literatura suburbana neozelandesa, nos precipitamos con elegancia escaleras abajo hasta ganar la salida de emergencia.

A la entrada ya estaba concentrada la mayoría de la gente que había desalojado el edificio, mirando hacia los pisos superiores para ser los primeros en descubrir el humo delator del incendio por el que se nos había expulsado cruelmente a la calle tan temprano un lunes. Yo me puse la bufanda que había tenido los suficientes reflejos como para coger antes de salir de la sala de posgrado y me resguardé de la lluvia y el viento detrás de una columna. A mi lado había un grupo de estudiantes de primer año, de pie en un círculo en torno a su profesora; al parecer su seminario sobre Milton debía continuar, sin importar amenazas de incendio o el hecho de que estuviésemos a tres grados. Era obvio que la tutora hacía lo que podía para que sus alumnas no perdiesen el hilo de la clase, incluso intentaba explicar algunos pasajes aludiendo a escenas de El Señor de los Anillos; pero las niñas no daban señales de reaccionar y sólo temblaban sosteniendo sin convicción sus copias de Paradise Lost.

Creo que fue cuando llegó el camión de bomberos cuando empecé a preocuparme por si realmente iba a arder el edificio, no por nada sino porque, aunque había tenido tiempo de reaccionar y coger abrigo y bufanda antes de salir, me había dejado enchufado al ordenador el pen drive con la única copia de todo lo que llevo hasta ahora escrito de doctorado. Empecé a mirar yo también con cierta ansiedad hacia arriba, para ver si realmente de las ventanas del edificio salía humo. A mi lado la clase sobre Milton continuaba, unos bomberos que no respondían en absoluto al estereotipo del bombero de calendario entraban corriendo en la facultad, y mientras en mi mente mis libros de Borges olvidados en la sala de posgrado eran pasto de las llamas y el pen drive con el primer capítulo de mi doctorado se derretía formando un charquito viscoso sobre la moqueta, me asaltó, querido lector, una gran inquietud sobre la precariedad de la existencia humana.

Quizás esto sea exagerar un poco. Dejémoslo en que de pronto sentí la urgencia de escribir esta entrada de blog, cúlpese en una angustia repentina por abandonar este mundo sin dejar huella, o en haber agotado todas mis otras excusas para procrastinar, el resultado es el mismo. Muy a menudo me dan ganas de escribir cosas, porque material nunca me falta; lo que me cuesta es poder encontrarle un hilo conductor a todo. Una forma de estructurar lo que en mi día a día son momentos aislados de surrealismo de tal forma que se conviertan en una narración coherente regida por claras relaciones de causa y efecto. Me da miedo ponerme a escribir en stream of consciousness y que al final todo suene como el monólogo de alguno de los personajes que vienen a mi tienda los domingos. Hay una señora en particular a la que le envidio su capacidad de encontrarle una relación lógica a los hechos más peregrinos, igual debería contratarla para que escribiera el guión de mis entradas de blog.

Es una señora mayor, cuya hija y nietos viven en Frankfurt, y que al hablar suena como si hiciera muchos años, demasiados como para que ella misma lo recuerde, hubiera ella misma sido alemana. Siempre entra porque ha visto algo en el escaparate que le gustaba, pero termina llevándose algo completamente distinto que asegura, no obstante, que es lo que ella más hubiera deseado encontrar. Le llama la atención un disfraz de pirata para su nieto pero después se compra un vestido de flores que le queda como un guante, nos pide que le enseñemos un plato de porcelana con gatitos que hay en la vitrina, pero después encuentra unos pantalones tiroleses que son la talla exacta de su yerno. Como siempre que pasa por la tienda es volviendo de la iglesia, a menudo se maravilla de lo providencial de sus hallazgos: si no hubiera ido esta mañana a la iglesia nunca hubiera pasado por aquí, nos dice, pero también: si la acera de enfrente no hubiera estado en obras yo nunca hubiera cruzado la calle y al pasar por el escaparate no me hubiera llamado la atención el plato con los gatitos, si en la otra panadería no se les hubiera estropeado el horno yo no hubiera dado un rodeo y pasado por esta calle para ir a otra.

La otra semana estaba pagando en el mostrador y se fijó de pronto en la mascota de la tienda, que tenemos junto a la caja y a la que llamamos, con cariño, la rana muerta. Es un objeto inquietante al máximo que me encontré en una bolsa de donaciones hace algún tiempo, y que es precisamente eso, una rana muerta (cabeza, patas delanteras y medio torso) convertida en monedero, que se cierra por detrás con una cremallera y que tiene sobre la piel barnizada de la espalda escrito en letras blancas el nombre Boracay. Muchos clientes se interesan por nuestro siniestro souvenir filipino, pero hemos decidido no ponerlo a la venta. La señora también la quiso comprar, y se emocionó tanto que nos pidió que, aunque no se la vendiéramos, por favor le permitiésemos que nos contase una historia que le había recordado el ver la rana muerta.

La señora nos contó que ella también tenía una rana de mascota, pero una rana viva, y que al acercarse el día de los enamorados – sólo unas semanas antes de este suceso – su rana, consternada, una noche le había pedido ayuda. La rana le confesó a su dueña que era muy desdichada, porque estaba enamorada de otra rana, que es la mascota de la biblioteca municipal infantil, y que quería hacerle llegar un mensaje en una fecha tan señalada. La señora, que se nota que es una buena persona que se desvive por los demás, se había puesto manos a la obra y había hecho un collar de flores y semillas para la enamorada de su mascota, y le había escrito un poema en una hoja de enredadera, que llevó a la biblioteca al día siguiente. Ahora, nos dijo, su rana estaba tan emocionada que no dejaba de decir que quería proponerle matrimonio a la rana de la biblioteca, negándose a la evidencia de que la distancia y otros impedimentos convertían el suyo en un amor imposible. Incluyo una foto de la rana objeto de devoción y los regalos que recibió en San Valentín, que he encontrado en la página de Facebook de la biblioteca municipal, para que veáis que todo lo que os cuento son verdades. El texto dice:

Dear Toady, dear – / I wish you were here, / but it cannot be / since you are in the Library. / I drew and made you  / a necklace fine / now, will you be / my Valentine?

sapoenamorado

“¿No es maravilloso que el ver a vuestra rana me haya recordado esta historia?”, nos dijo la señora, que gesticula mucho y siempre está alegre. “El destino la puso aquí, y el plato de gatitos en el escaparate, para que hoy yo entrase y encontrara este vestido y compartiera esta historia con vosotros”. Lo cierto es que tanto la rana muerta como el plato de gatitos había sido yo la que los había puesto ahí, pero igualmente la forma en la que la señora que habla con su rana establece conexiones de causa y efecto aleatoriamente entre cosas que le pasan me parece una manera tan buena como cualquier otra de encontrarle sentido a la vida.

Todo esto pensaba yo en escribir esta mañana en mi blog, mientras esperaba bajo la lluvia junto a la clase improvisada sobre Milton a que los bomberos nos dejaran entrar de nuevo en el edificio. No tuvimos que esperar mucho, a los veinte minutos todo estaba de nuevo bajo control, con la excepción de que toda la facultad olía intensamente a tostadas quemadas. Al parecer alguien había olvidado sacar la cucharilla de una taza antes de meterla en el microondas, y una pequeña explosión había hecho saltar la alarma de incendios. Al volver a la sala de postgrado, después de comprobar que mi pen drive y mis libros seguían intactos, pensé, inspirada por la señora de la rana, en todo lo que algo tan trivial como una cucharilla olvidada en un microondas podría haber desencadenado: podría haber sido la causa de que un edificio con cientos de personas dentro ardiese hasta los cimientos, y sin embargo había resultado en una entrada de blog incoherente y en que a una docena de estudiantes se les mojara su copia de Paradise Lost. Pero, ¿qué otras consecuencias, aún insospechadas, puede haber disparado esa misma cucharilla?, me pregunté mientras daba vueltas en mi silla giratoria. ¿Cuál será el alcance del efecto dominó de esa mínima casualidad primigenia? Y sobre todo, ¿tendría la Providencia algo guardado en la manga, algún azar feliz que hiciera algún día posible el romance entre la rana de la señora y la rana de la biblioteca? Y así a lo tonto ya se me había ido sin sentir otra mañana de estudio.

Todo está en la mente

Desde que hace unos meses publiqué una entrada sobre un señor excéntrico que visitaba de vez en cuando la tienda en la que trabajaba de voluntaria, varias personas (varias, querido lector hipotético, varias; ¡no estás solo!) me han sugerido que escriba más sobre los personajes que, como si tuviese un imán para lo estrafalario, parezco atraer hacia mí. Cuando empecé a trabajar unas horas a la semana como voluntaria en una tienda de segunda mano el año pasado, entraron a formar parte de mi vida personas como el señor de la gabardina, con su bolsa sin fondo de conocimientos sobre música, historia y mantequilla; o Mandy, que todos los lunes venía buscando el DVD de Grease y que, aunque una vez lo teníamos y lo compró, lo siguió buscando todos los lunes siguientes. Ahora que trabajo en una tienda diferente, lamento comunicar que al señor de la gabardina no lo he vuelto a ver, y que aunque Mandy se ha pasado alguna vez por mis nuevos dominios, nunca ha preguntado por Grease.

No obstante, el pasar más tiempo que antes en la tienda y ser ahora a la que siempre le toca ir a aguantar el tipo cuando alguien dice “quiero hablar con la encargada” quiere decir que las oportunidades de encontrarme con gente estrafalaria también aumentan exponencialmente. Por si fuera poco, mi tienda está situada en una calle muy céntrica, entre un puesto de kebabs, un centro de crisis para drogadictos y la iglesia de la Cienciología. Desde la ventana puedo ver una plaza que, según mis cálculos nada científicos, es en la que hay más yonquis por metro cuadrado de la ciudad. Ante mi escaparate un equipo médico ha intentado despertar sin éxito a un indigente, gente turbia se ha pasado todo tipo de drogas a cualquier hora del día, el segurata de Pound Stretchers ha placado a un ratero contra el asfalto, y los Hare Krishnas han entonado sus cánticos durante horas con los brazos elevados hacia el cielo. Que trabajo en un vórtice de surrealismo, vaya.

Ahora que ya llevo unos meses trabajando aquí, estoy lo suficientemente familiarizada con algunos de los clientes habituales como para poder, querido lector, presentártelos como es debido. El más habitual, aunque realmente no se le puede calificar de cliente porque rara vez compra nada aparte de algún VHS de 10 céntimos, es Max. No sé de qué vive Max, sólo que dice que es médium, que viene a la tienda al menos tres veces por semana, y que por alguna razón que escapa a mi comprensión pero que es norma desde antes de que me incorporase a la plantilla, se le permite pasar a la trastienda, dejar sus cosas, hacerse un té, y pasar todo el día instalado ahí, observándonos con sus ojillos levemente estrábicos. Por supuesto todo esto también implica que Max nos cuenta su vida, o más bien me la cuenta a mí, que soy la única que todavía no ha tenido el gusto de oír el relato entero miles de veces.

Max es una mina de oro surrealista. Es imposible seguirle el hilo mucho rato, porque está completamente tarado, pero con paciencia se pueden pescar algunas historias interesantes en su monólogo lunático. Max me dice siempre que todo está en la mente, y que podemos cambiar la realidad a nuestro antojo si sabemos usar como es debido el poder de nuestra psique. Cuando me dice que el mundo exterior no es más que una proyección mental de nuestros deseos, tengo la impresión de que Max no es más que un lector de Lacan pasado de rosca, pero enseguida se me va por los derroteros y me cuenta que cuando su gato murió, mientras él le sostenía la cabeza en sus instantes finales, le miró a los ojos y le siguió al más allá. Además de ser brevemente un gato agonizante, Max también estuvo dentro de una gaviota en el momento en el que la atropellaba un autobús, aunque luego volvió a su cuerpo a tiempo para poner a salvo a la misma gaviota, apartándola al arcén de la carretera. Aunque Max es un experto en controlar la realidad por medio de su mente – tan experto que por eso, me dice, yo no soy capaz de seguirle la conversación la mayoría de las veces –, al parecer al que de verdad se le daban bien estas cosas era al difunto Freddie Mercury.

Max vive fuera de Edimburgo, no he querido preguntarle dónde, pero sé que viene en tren todas las mañanas exclusivamente para darnos la murga y para pasearse por otras tiendas haciendo recados. La mayoría de sus “recados” consisten en imprimir en grande y a color fotogramas de películas, la mayoría de James Bond, en los que él encuentra algún significado oculto (pero por algún motivo sólo en las de Daniel Craig). Max sabe que le siguen, y que hay gente ahí afuera que de vez en cuando manda a sus esbirros a la tienda para espiarle. Como contraataque, Max coloca, cuando no nos damos cuenta, alguna de las imágenes que imprime en uno de los marcos vacíos del escaparate, para así, me dice, mandar mensajes a sus enemigos en el exterior. El otro día me encontré por cuarta vez en dos semanas la misma imagen en el escaparate, y por cuarta vez la descolgué. Pero esta vez, en vez de tirarla, decidí llevármela a casa para poner en práctica mis artes investigativas de doctoranda y saber qué mierda era realmente lo que Max pone en nuestro escaparate.

En la imagen aparece una pitonisa vestida de lentejuelas con mirada maligna, que sostiene en la mano una carta del tarot (el loco; muy apropiado). Cubriendo toda la imagen hay un texto en letras rojas que a ratos se confunde con las ropas de la pitonisa, pero que con dedicación se puede descifrar, y dice algo sobre un anillo y una cita entre dos amantes. Y aquí viene lo bueno: he encontrado que el texto es un fragmento de The Wake World, escrito por el ocultista, maestro de lo esotérico y fundador de la religión de Thelema, Aleister Crowley. Al parecer en este texto, el autor, que tuvo una vida fascinante en la que voces en su mente le dictaban libros satánicos, describía su relación con Lucifer como la de una enamorada con su príncipe. A modo de sinopsis os diré que en The Wake World Lucifer le pide matrimonio a su amada (Crowley) regalándole un anillo con el número 666 grabado, y le dice que cuando estén lejos el uno de la otra, lo único que tiene que hacer para llamarle es recitar una “invocación al anillo”, que es el texto que aparece en la imagen que Max puso en nuestro escaparate. Luego Lucifer la lleva a una fiesta donde comen bebés asados rellenos de aceitunas, entre otras lindezas. (Quien crea que todo esto me lo invento, está sacado de aquí).

En resumen, que hay un señor que viene a mi tienda tres veces por semana e invoca al demonio a través de carteles que cuelga en el escaparate. Tras esta revelación, me siento todavía un poco más incómoda cuando después de hacerse una taza de té Max se me queda mirando fijamente desde un rincón de la trastienda, lamiendo la miel de la cucharilla. Además, sospecho que he hecho mal en escuchar sus historias con tanta atención, porque me ha dicho Pequeño Billy que los días que no estoy pregunta por mí y por cuándo voy a venir. Pequeño Billy es uno de los voluntarios de la tienda al que le divierten sobremanera mis interacciones con Max. A pesar de tener cerca de cincuenta años, Pequeño Billy mide metro  cuarenta y tiene cara de niño, de ahí su apodo. Siempre lleva camisetas de Guns and Roses y unas botas militares con agujeros que intenta disimular pintándolos con un marcador indeleble. Le gusta ponerse cosas en la cabeza, ya sean sombreros, diademas, o un sujetador extra grande y, aunque sólo entiendo el 20% de lo que me cuenta, es una de las personas más tiernas que conozco. Pequeño Billy insiste en que un día me voy a acabar casando con Max, porque está enamorado de mí, pero yo creo que es más probable que termine siendo la víctima de un sacrificio humano de la secta thelemita. Así que si un día desaparezco en extrañas circunstancias, querido lector, por favor háblale de todo esto a la policía.

Otro habitual, y que sí que es cliente, es Arran. Arran es un abuelo que siempre va vestido con una zamarra militar encima de una camiseta con el león rampante escocés. Arran tiene tierras y ovejas de las que se encarga todas las mañanas antes de venir a Edimburgo a tomarse su Mega Scottish Breakfast en una cafetería de la zona, y después patrulla todas las charity shops de nuestra calle a la caza de objetos militares. Cualquier cosa sirve: banderines, condecoraciones, calendarios de aviones, libros sobre tanques, cuadros con paracaidistas, pistolas de juguete, soldaditos de plástico. Cuando no tenemos nada para él, de todas formas se queda a contarme anécdotas variadas, como cuando aquella vez viajó durante meses de mochilero por España, o de cómo el duque de Wellington inventó las katiuskas y por eso en inglés se llaman wellies. Si tengo suerte cuando se va me regala una tableta de chocolate, sobre la que Pequeño Billy y yo caemos como buitres y liquidamos en diez minutos.

Las primeras veces que Arran vino a la tienda yo pensé que era un señor respetable, y que sólo quería alguien que escuchase sus batallitas, como una nieta adoptiva. Me equivocaba. Según fue cogiendo confianza se fue poniendo más y más verde, y ahora las anécdotas que empiezan de forma inocente siempre terminan en algún detalle picantón sobre las novias de su juventud. A veces me señala un bañador y me dice que si me lo puedo probar y desfilar para él, o me sugiere que para atraer clientes me ponga en el escaparate a bailar en tanga. Yo le mando a la mierda todas las veces, pero no le importa y sólo se ríe muy fuerte mostrándome sus encías negras casi sin dientes, hasta que se queda sin aire y se va de la tienda renqueando. En eso consiste la filosofía del viejo verde: en poder decir lo que te dé la gana porque ya no tienes nada que perder.

Ian también es habitual, pero no es cliente. Es mi adulador más devoto. Es otro abuelito que va vestido siempre como un cowboy pero sin sombrero, con el pelo engominado formando un caracolillo perfecto sobre la frente, frondosas patillas y gafas de pasta. Ian permanece un tiempo medio de 30 segundos en la tienda cada vez que viene, que pasa íntegramente alabando en voz muy alta mi belleza, mi simpatía, mi sonrisa y mi indumentaria. Si ese día hace mal tiempo me aconseja que tenga cuidado, porque una flor delicada como yo será irremediablemente arrastrada por el viento de llegar a aventurarse fuera de la tienda. También exclama lo afortunado que es mi marido, que no puede concebir que un ser tan maravilloso como yo no tenga, por lo que no le saco de su error.

Otro habitual, aunque yo sólo le he visto dos veces, es el señor que canta. Cada vez que viene se deja unas treinta libras en los objetos más kitsch y espantosos imaginables, que a los precios de ganga a los que está todo en la tienda significa que se lleva dos o tres bolsas llenas de flamencas de plástico y dedales conmemorativos de la boda de Lady Di. No dice nada mientras te señala los ositos de peluche que quiere que le saques del escaparate, pero después de pagar se pone muy solemne y anuncia “como aquí siempre me tratáis muy bien, además de estos objetos que acabo de comprar, quiero hacer una pequeña donación extra *echa diez peniques en el bote*, y ahora os voy a cantar una canción”. Y se arranca a cantar, pero a cantar muy alto, y según se va acabando la canción va retrocediendo hacia la puerta, y dice (siempre cantando) “esta canción te la dedico a ti, a tu ayudante, y a los voluntarios en la trastienda”, mientras nos señala uno por uno con el dedo y hace coincidir las últimas notas con la puerta cerrándose tras él.

Me estoy dando cuenta de que este post ya es considerablemente largo y que podría seguir durante horas. Aún no he hablado del señor milenario que viene con su kilt y su andador siempre que le dejan salir del hospital, compra una maleta grande y todo lo que quepa dentro y me cuenta cómo después de divorciarse en los sesenta se fue a Marruecos y despilfarró todo el dinero que le había sacado el abogado a su ex mujer. No he hablado de los yonquis chungos con love y hate tatuado en los nudillos que a pesar de que no deben saber ni dónde están son extremadamente educados y siempre echan dinero en el bote; ni de los yonquis chungos con tatuajes en la cara que vacían una lata de cerveza en el suelo para distraerme mientras roban una gorra. Ni tampoco del señor que no se ha lavado en años, que lleva un abrigo de visón, un foulard rosa y un bolso de Vuitton falso, y que siempre compra cuadros enormes pero me pide que se los guarde para otro día que venga con “un hombre fornido que le ayude a cargarlos”. Podría seguir, pero en su lugar cerraré con una anécdota que, a mi modo de ver, puede hacer de parábola de en lo que se ha convertido mi día a día:

Un domingo cualquiera un yonqui no habitual, que había estado un rato rebuscando entre los DVDs, se acercó por fin a la caja con el que había elegido. Los DVDs los guardamos debajo de la caja en sobres numerados y fuera sólo tenemos la carátula, que lleva en una pegatina el número que se corresponde con el sobre donde está el DVD en cuestión. Ahora, muy a menudo a Pequeño Billy, que es quien se encarga normalmente de numerar los DVDs, se le va el santo al cielo y los guarda en el sobre que no es, y eso había pasado esta vez: en el sobre número 50 había una película diferente a la que el señor quería comprar. Empecé a disculparme, pero estaba desolado, llevaba meses queriendo ver esa película. Como no dejaba de hablar y no hacía por irse, me puse a buscar entre todos los sobres (cerca de 200), pero no había manera de encontrar el DVD.

“Espera que voy a llamar a mi amigo. No me gusta molestarle para estas cosas, pero seguro que él sabe dónde está”, me dijo entonces el yonqui, saliendo por la puerta. Yo ya estaba a punto de guardar los DVDs cuando, unos treinta segundos más tarde volvió a entrar, hablando por el móvil “Sí, soy yo, que es que no lo encontramos, por si tú sabías qué número es. ¿18 o 118, dices?” dijo, haciéndome una seña para que buscase entre los DVDs. Yo, que a estas alturas ya he visto de todo, sé que siempre es mejor seguirles la corriente, así que me puse a mirar los sobres otra vez mientras el yonqui le preguntaba a su amigo que qué tal estaba su madre. Y de pronto ahí estaba, en el número 118, que yo juraría que ya había mirado. “¿Es ese?” preguntó él, a lo que yo, en mi estupor, sólo pude asentir torpemente con la cabeza. “Era ese; gracias tío, te quiero”, se despidió al teléfono. Mientras le cobraba recuperé el don del habla y a duras penas logré preguntarle que cómo mierda sabía su amigo qué número era el DVD. Él me explicó algo que no entendí muy bien sobre cómo su amigo tenía un don con los números y que una vez había ganado no sé cuántas miles de libras en la quiniela, y se marchó tan contento con su DVD.

Ahora, querido lector, te presento las dos soluciones que yo he ponderado para este misterio: la primera es creer que el yonqui cambió las pegatinas de los DVDs intencionadamente y que al 118 le puso el número 50, después interpretó el papel de cliente desolado por no poder comprar su película de dos libras, y a continuación hizo una llamada falsa a un amigo con supuestos poderes psíquicos que adivinó el número correcto. El problema de aceptar esta solución es que hay que encontrar un motivo por el que alguien se vaya a molestar en preparar semejante escenita, y también un motivo para que las dotes interpretativas de ese señor aún no hayan sido descubiertas por ningún cazatalentos. La segunda opción es creer que el yonqui tiene realmente un amigo con poderes psíquicos, manifestación de los cuales yo presencié en mi tienda. El problema de aceptar esta solución es que deja serias dudas sobre mi equilibrio mental.

A pesar de todo debo confesar que, por esta vez, yo elijo aceptar la segunda solución; porque no sé a ti, querido lector, pero a mí es que simplemente me gusta mucho más. Igual que también me gusta mucho más el retrato tan extenso y poético de todos los clientes habituales de mi tienda que he presentado en este post que el tener que aguantarles en persona todos los días. Pero también es cierto que tratar con esta gente a diario me da una nueva perspectiva de la realidad que hace que sea más fácil aceptar cosas increíbles, como que un señor invoque al demonio a través de un cartel en el escaparate, que un abuelo me cante una canción o que un DVD perdido reaparezca por obra y gracia de los poderes mentales del amigo de un drogadicto. La realidad es mucho más elástica de lo que parece: las cosas que son verdad y mentira no son más que una cuestión de perspectiva, una cuestión de creer o no creer. La elección, querido lector, es tuya. Si ya lo dice Max: todo está en la mente. Sólo ten cuidado de no dar mucho de sí la goma.

 

Expectativas y propósitos de año nuevo

No sé si lo sabrás, querido lector, pero hay una cosa que se lleva mucho ahora mismo que se llama January blues, y que te puedes autodiagnosticar de forma fácil y gratuita en muchas páginas de internet. Al parecer es algo muy normal que pasa después de las navidades, y que consiste en sentirse triste de cojones sin motivo hasta febrero, cuando probablemente te sigas sintiendo triste de cojones, pero el motivo es que se acerca San Valentín. Estas mismas páginas de internet donde te puedes confirmar víctima del January blues explican que el fenómeno se debe principalmente a que en enero hace mal tiempo y oscurece muy temprano todas las tardes, y a que ya no hay lucecitas de navidad, villancicos, ni excusas para hincharse a turrón.

Después de leer unos cuantos artículos sobre el tema, me parece que igual me he contagiado yo también, porque últimamente algunos días no tengo ganas más que de comprarme una botella de tequila y dos kilos de Ferrero Rocher, consumirlos en el suelo del baño y a continuación salir a la calle a contraer todas las enfermedades de transmisión sexual del catálogo. Afortunadamente del dicho al hecho ya se sabe, y al final me quedo en casa en pijama bebiendo poleo menta, escuchando pop blando y reflexionando sobre por qué el hecho de que sea enero me despierta instintos autodestructivos.

He llegado a la conclusión de que aunque, sí, es verdad que enero me deprime porque hace frío y es de noche a las cuatro de la tarde, lo que realmente me deprime es que enero es un mes que nunca cumple mis expectativas. Aunque de la mañana del 31 de diciembre a la mañana del 1 de enero nada sea diferente, más que un poquito más o menos de resaca, de pronto estamos en un nuevo año en el que hay que hacer las cosas bien y tener cuidado de no cagarla desde el principio. Los propósitos de año nuevo, sin ir más lejos. Esa lista de cosas que vamos a hacer sin falta, ya mismo, para que este año sea el mejor año del mundo mundial, y que luego nunca se cumplen.

Yo nunca hago lista de propósitos de año nuevo, pero este año sí he hecho. Supongo que es en parte por inercia social y en parte porque he recordado que mi profesora de francés del instituto siempre nos decía que hay que probar de todo en esta vida (aunque también es verdad que no sabía lo que era un gerundio, pero no se puede ser igual de docto en todos los campos). Mi lista de propósitos, salvo un par de excepciones, me ha quedado bastante abstracta, y estoy casi segura de que no la voy a cumplir. No la voy a compartir aquí, me da vergüenza porque a ratos parece que la ha escrito Paulo Coelho; sólo os adelanto que el propósito número siete es no escribir nunca, bajo ningún concepto, como Paulo Coelho.

El único de los que he cumplido de momento, porque por razones logísticas lo tuve que hacer antes de que se acabara el 2014 (tenía que estar en Madrid), ya lo adelanté en este mismo blog hace un par de entradas. Recordarás, hipotético lector fiel, que hace no mucho me diagnostiqué a mí misma un desequilibrio kármico que es el que me hace escribir tan poco y con tanta dificultad, algo así como un grumo que bloquea mi flow zen (no estoy segura de haber usado la terminología correcta, pero la idea se entiende) e impide que me lleguen en tropel todas esas cosas maravillosas que se supone que nos pasan sin parar mientras estamos en la década de los 20. También recordarás, querido lector, que el origen de esta desalineación de mis chakras era el robo de un ramo de flores perpetrado por mi abuela el día de la boda de mis padres. Así que me había puesto la tarea, con el objeto de recobrar el equilibrio cósmico que me traería la paz de espíritu, de encontrar esa floristería y pagar la deuda que dejó mi abuela hace casi tres décadas. Para terminar bien el año y empezar bien el siguiente.

Después de una breve búsqueda en google, me decidí por una floristería en la zona cercana al juzgado en el que se casaron mis padres, y decidí que si no era esa no iba a probar más (¿cuántas veces se puede entrar con cara seria en diferentes tiendas y contar la misma historia absurda de desequilibrio kármico? Más de una me pareció demasiado incluso para mí). Ya tenía el discurso preparado en mi cabeza. En vez de disparar la historia a bocajarro, empezaría con algo que no despertase muchas sospechas de que soy una loca, pero que sí despertase el interés de mi interlocutor: “buenas tardes, permítame que le haga una pregunta un poco extraña. Estoy buscando una floristería que ya estuviese abierta en esta zona hace veintisiete años”. En el metro iba emocionada, pensando en la fascinante aventura de la que estaba a punto de ser protagonista, y en la igualmente fascinante entrada de blog en la que podría, querido lector, compartirla contigo:

“Buenas tardes, permítame que le haga una pregunta un poco extraña. Estoy buscando una floristería que ya estuviese abierta en esta zona hace veintisiete años”. El local estaba oscuro y olía a humedad, los tiestos amontonados contra las ventanas apenas dejaban pasar la luz de la calle. Cuando entré había otro cliente hablando con el dependiente, lo que me había dado unos minutos de margen para examinar la floristería. Estaba claro que llevaba abierta bastante más de veintisiete años, y muy probablemente el señor marchito que despachaba tras el mostrador atestado de gladiolos había estado ahí sentado viendo crecer los bulbos incluso desde antes. Las paredes estaban cubiertas de suelo a techo con estantes donde se hacinaban las macetas, y al traspasar el umbral daba la impresión de estar entrando en un invernadero donde la vegetación se ha desmandado, más que en una floristería. Me fui abriendo paso entre los ficus mientras el otro cliente ya se despedía, y al llegar frente al mostrador por fin lo vi, en la pared, medio oculto entre los crisantemos y una flor de pascua: un cartel que rezaba “aquí no se fía”, y pegado debajo, un papel con una cifra y una promesa sin cumplir, en la misma caligrafía de las postales que una vez al año me llegan de algún balneario del Imserso. “Esta floristería lleva aquí mucho más de veintisiete años, y yo le puedo dar fe de ello, señorita”, me contestó el señor marchito, ya intrigado.

Todo esto me imaginaba yo, feliz, en un vagón de la línea nueve. No sabía muy bien qué pasaría después de revelarle al dueño de la floristería que yo era la nieta de la señora que había prometido volver a pagar el ramo y nunca había vuelto. ¿Le divertiría la historia? ¿Le guardaría todavía rencor a mi abuela? ¿Me dejaría llevarme de recuerdo el papel donde mi abuela había dejado constancia escrita de su deuda? ¿Saldría de detrás del mostrador armado con un machete y me atacaría? ¿Me haría pagar? ¿Cuánto son cuatro mil pesetas de 1987 en euros del año 2014? ¿O se le llenarían los ojos de lágrimas y compartiría conmigo una bella metáfora sobre el paso del tiempo y los azares del destino? ¡Qué historia, dios mío, qué historia! Me subían solos los pies por la calle Pradillo imaginándome todas las posibilidades, qué manera de empezar el año, el 2015 iba a ser sin duda digno de recordar.

Sin embargo, nada más llegar a la dirección que llevaba apuntada en el post-it pegado a la cartera, se me empezaron a desmoronar las expectativas. La floristería no tenía nada de selvático; desde fuera se veía todo el interior a través de un escaparate impoluto. Las macetitas de violetas estaban perfectamente alineadas en los estantes junto a las orquídeas, ya envueltas para regalo, y las plantas de acebo con frutos rojos de plástico. Junto a la puerta estaba el mostrador, y detrás de él una mujer, que no era probable que fuese el dependiente desconfiado que protagoniza la historia de la abuela, leyendo un libro. A punto estuve de darme media vuelta y desistir, pero afortunadamente llevaba conmigo quien me diera apoyo moral y me empujase dentro de la tienda a hacer lo que había venido a hacer.

“Buenas tardes, permítame que le haga una pregunta un poco extraña. Estoy buscando una floristería que ya estuviese abierta en esta zona hace veintisiete años” dije, sin mucha convicción. La señora levantó la vista del libro y me miró con curiosidad. “Uy qué va, nosotros sólo llevamos abiertos cuatro años. Antes esto era una tienda de ropa para niños, me acuerdo que le compraba yo aquí a mis hijos los uniformes para el colegio, fíjate tú. Es la única floristería que hay en la zona ahora mismo; la que fuera que estás buscando habrá cerrado hace tiempo ya”. Fin de la historia. Completo fracaso. Ya iba a soltar cualquier frase de compromiso y salir por patas, cuando me fijé en el libro que la señora estaba leyendo y que había dejado momentáneamente sobre el mostrador. Era Cincuenta sombras de Grey.

Cualquier locura que le cuente yo a esta señora va a ser más interesante que Cincuenta sombras de Grey, me dije. “Pues verá, es que es una historia un poco absurda, pero mis padres se casaron aquí al lado, en el registro civil, hace veintisiete años…” Afortunadamente la señora, aunque obviamente dudó de mi salud mental, no se espantó (sus lecturas claramente le habían expandido los horizontes) y me escuchó mientras yo contaba la historia del ramo intentando evitar usar la palabra karma. Quedó fascinada. “¡Qué historia más curiosa, fíjate! Y ya ves tú qué tontería lo del ramo. ¿A que tus padres todavía siguen juntos? Anda que no conozco yo parejas que se han casado por todo lo alto y luego se han divorciado al año siguiente. Mucho bodorrio con banquete, mucho sitio de postín, muchas flores, y luego nada de eso tiene importancia”, me dijo la señora que leía Cincuenta sombras de Grey.

“Pues en eso tiene usted toda la razón”, le dije yo, y de verdad lo pensaba. Después dudé unos segundos si la ocasión requería que comprase una flor de pascua por compromiso antes de irme, pero consideré que podía simplemente desearle un feliz año y marcharme. Y así fue, querido lector, cómo la realidad traicionó mis expectativas respecto al final de la historia del ramo robado. Supongo que por esto yo no hacía listas de propósitos de año nuevo, porque me molesta que la realidad nunca respete las cosas que me imagino. Pero viéndolo en retrospectiva tampoco puedo decir que sea una mala historia. Igual hubiera sido incluso mejor si no me la hubiese imaginado antes, y le hubiese dado más valor a la metáfora sobre el paso del tiempo y los azares del destino que, a su manera, me regaló la señora de la floristería.

Leyendo esas páginas de internet de las que hablaba antes donde te diagnostican el January blues, he descubierto también que hoy lunes 19 de enero ha sido Blue Monday, el día decretado más triste del año según cálculos matemáticos. Yo personalmente no he notado nada diferente, quizás porque como no me ha avisado nadie de que tenía que estar triste no me ha dado tiempo a crearme falsas expectativas. Esta mañana ha salido el sol como todas las demás, sólo que tres minutos antes de lo que salió ayer y tres minutos más tarde de lo que lo hará mañana; que es, a su vez, la única certeza que puedo ahora mismo tener sobre el resto de los días del mes de enero que aún nos quedan por delante. No es muy gratificante no poder tener más expectativas respecto a este año que ahora comienza que los minutos extra de luz que le vamos a poder regatear a cada nuevo día, y un puñado de propósitos abstractos que no estamos muy seguros de que vayamos a cumplir. Pero lo bueno de tener pocas expectativas de este año que está todavía todo en blanco y a estrenar es saber que, pase lo que pase, todo nos va a sorprender; que es sinónimo de decir que todo es posible. Excepto que empecemos a escribir como Paulo Coelho.

ramorobado

El ramo robado. En mi anterior entrada dije que era enorme y de rosas rojas; otra vez la realidad deja en mal lugar a mi fantasía.

.

El amor en los tiempos del ébola

Se acerca otra vez esa época del año. Esa época del año en la que vuelves a casa a visitar a tu familia, en la que por fin tenéis tiempo de sentaros a la mesa a comer todos juntos y de poneros al día de las novedades como dios manda, y no por teléfono o Skype. Esa época del año en la que te inflas a turrón, polvorones y mazapán como si no hubiese un mañana, y en la que al referirte a una caña como un “chupito de cerveza” te das cuenta de lo que vivir en el Reino Unido está probablemente haciéndole a tu hígado. Esa época del año en la que no importa que en los doce meses que hace que no ves a tu abuela hayas terminado un máster, cambiado de casa dos veces o visitado espontáneamente el Caribe, porque en cuanto entres por la puerta lo primero que te va a preguntar va a ser: pero Clara, ¿cuándo vas a traer por fin un hombre a casa y darle nietos a tu madre?

Normalmente en familia se pasa el trago con respuestas como “yo ya estoy en una relación estable con mi doctorado, no tengo tiempo para nada más”. Unos segundos de silencio incómodo que rompe otra bandeja de salmón ahumado llegando de la cocina, y hasta las navidades que viene. Pero aun después de salir airosa de la conversación anual con la abuela, sigue quedando un poso de malestar en el fondo del estómago que ingentes cantidades de roscón con chocolate consiguen enterrar, pero que resurge cada vez que en la radio ponen un baladote navideño de Mariah Carey entre dos anuncios de Match.com, y de pronto tener en la estantería una copia de Cocinar para uno se ha convertido en el máximo exponente del fracaso humano. Que alguien me traiga un bote de helado y una cuchara sopera, porque moriré sola devorada por mis propios gatos.

Por supuesto se puede argumentar que todo esto está sólo en mi mente, y que hoy en día ya no existe ningún tipo de presión social para encontrar pareja. Las abuelas tienen la obligación moral de decir esas cosas, pero todos sabemos que en el siglo XXI el arroz ya no se pasa y que nadie se queda para vestir santos. Gracias al Progreso, quienes estamos actualmente transitando la árida edad de los veintitantos ya no tenemos por fuerza que pasar estas navidades en compañía de nuestra futura suegra. Hoy en día es perfectamente lícito conocer a una nueva suegra potencial cada navidad. También es aceptable olvidarse de suegras y pasar las navidades en una orgía congregada vía Tinder, cada cual según mejor le parezca. Está permitido tener veinticinco años y no haber encontrado a tu alma gemela. Ahora bien, lo que parece imperdonable es no estarla buscando hasta debajo de las piedras.

Esto es así: lo que infiero de las fuentes que mejor reflejan la realidad de la juventud (es decir: Facebook, series de la tele y los artículos de Buzzfeed de “veintiséis cosas que…”) es que los veinteañeros normales en general no saben lo que están haciendo con su existencia, pero mientras se aclaran tienen la obligación de llevar una ajetreada vida sentimental. El amor verdadero es algo que no se encuentra así sin más, sino que hay que buscarlo con perseverancia y una actitud proactiva, como quien busca un trabajo. Además, los métodos de los que se dispone para encontrar el amor no son los mismos que antes, lo que a la vez facilita y complica la búsqueda, porque hay muchas más opciones al alcance, pero también muchas más opciones que hay que considerar. Cuando nuestras abuelas llegaban a la edad de merecer, se lanzaban a la verbena del pueblo, dos chatos de vino entre pecho y espalda y a elegir lo mejor que se podía con lo que había disponible. Ahora los peces en el mar se han multiplicado exponencialmente, y las técnicas de pesca, más de lo mismo. Y no sé a ti, querido lector hipotético, pero a mí todo esto me da una pereza existencial inmensa.

Se acerca la navidad y todos sabemos que una vez superada la etapa infantil en la que esperábamos insomnes la llegada de los reyes magos sin cuestionar por qué además de agua para los camellos necesitaban que les dejásemos tres chupitos de whisky junto al árbol, todo ha perdido un poco la magia. Pero eso no quita para que la navidad no tenga todavía el poder de hacernos mierdas en el cerebro. Por ejemplo, nos da por hornear cantidades industriales de galletas de ajonjolí, o por quedarnos viendo la reposición anual de Love Actually en la tele a pesar de ser conscientes de que da mucho asco. También nos da por hacer listas de cosas que han cambiado o que no lo han hecho en los últimos doce meses, y por prometernos que va a haber cosas que van a seguir sin cambiar o que esta vez seguro segurísimo que van a hacerlo en los doce meses que están por venir. Que esto sea un efecto subliminal de los anuncios de perfume o una prueba de que en las profundidades de nuestra psique aún impera una concepción primitiva del tiempo cíclico regido por las estaciones es una cuestión que no voy a debatir, pero el caso es que nos pasa.

A mí este año el aproximarse de esta entrañable celebración me ha hecho preguntarme si tal vez, qué coño, no tendrán razón mi abuela y las series de la tele, y de verdad estoy haciendo algo mal con mi juventud. Así que como buena aficionada a la sociología, pero también con la intención de llegar a alguna conclusión insustancial para compartir en la presente entrada de blog, me dispuse a indagar en este complejo mercado del amor a ver cómo era la cosa. Para empezar, lo de conocer gente en persona ya sé que no funciona, y además dice Buzzfeed que es un método que se está quedando muy anticuado. Prueba de ello es que por ejemplo esta semana los dos únicos hombres que he conocido en persona y que han demostrado interés por mí han sido un señor que podría ser mi padre que me ha preguntado que qué hacía a final de mes y a continuación me ha invitado a ir a cenar con él, y un señor que podría ser mi abuelo que me ha traído chocolate a la tienda y a continuación me ha preguntado si me podía probar un traje de baño y desfilar para él. Los hombres de mi edad, con todos los dientes y casi todo el pelo, no me van a abordar en persona, dice Buzzfeed.

Partiendo de estas premisas dio comienzo mi cruzada por encontrar el amor a través de las nuevas tecnologías. Tuve que empezar, no obstante, descartando la opción más popular, porque para tener Tinder primero me tengo que comprar un teléfono donde lo pueda usar, y mi amor por mi móvil prehistórico con botones es más fuerte que mi amor por los experimentos sociológicos. Aun así debo decir que me conquistó el eslogan:

tinder

Mi segunda tentativa fue el speed dating, porque tener dos minutos para decidir si eres compatible con un absoluto desconocido es un concepto que me suena dadá en demasía y me pareció que tenía que ser una experiencia de la que saliese algo interesante. Luego descubrí que inscribirse a un evento de speed dating cuesta alrededor de veinte libras. Sobra decir que si la Universidad de Edimburgo no está financiando mi proyecto de doctorado, no creo que vaya a financiar mi proyecto sociológico-sentimental. La opción dos también fue descartada. A estas alturas de mi investigación empezaba a desconfiar de la fiabilidad de mi estudio, que se estaba dejando tantas cosas fuera, pero decidí darle una última oportunidad y probar la tercera opción, gratuita y también prometedora en cuanto a surrealismo, que era unirme a uno de esos grupos que organizan encuentros periódicos o, para seguir con los anglicismos, meetups.

Al principio, tengo que reconocer que la presentación de alguno de los grupos me pareció un poco descarnada:

singles meetup

Pero decidí no dejarme cegar por mis prejuicios y seguir adelante. Siempre podría ir a una reunión, tener conversaciones insustanciales y/o incómodas con un par de personas, marcharme y no volver nunca más, ¿no? Pues al parecer no. Para poder asistir a los eventos no sólo es necesario abrirse un perfil en la página, incluyendo obligatoriamente una foto e información personal redactada de forma que te haga parecer interesante a la vez que no haga pensar que sólo te has registrado aquí porque te da miedo morir solo, sino que exige un nivel de compromiso para el que no estoy segura de estar preparada. Un ejemplo:

This is a very small group and the events, though frequent, also tend to be small. The expectation for members is that everyone attends one meeting every couple of months or so. I’ve every sympathy for people with busy lives – I have one myself – but this group is not for people who join and then don’t go to any events.  Therefore, the one meeting every couple of months will be strictly kept to, unless there are extenuating circumstances.

However, if you want to stay in the group, but can’t manage to get to events, for heaven’s sake, let me know and I’ll try to work round it. Otherwise, everyone will have hurt feelings when I ask you to give up your place to someone else who should be able to get to events.

Según leía esto me iba invadiendo una sensación conocida, un desánimo parecido a cuando los viejos loquitos que me visitan en la tienda se ponen babosos, o a cuando estoy en un bar y se me acerca un borracho tambaleante a demostrarme cómo nos volvemos más emocionalmente compatibles cuantos más cubatas se va tomando. Es un desencanto comparable al de descubrir que los tres chupitos de whisky no se los bebían Melchor Gaspar y Baltasar, sino papá y mamá; es el desencanto de darse cuenta de algo que en el fondo ya sabías de antes pero que no querías admitir: que los reyes magos no existen y que si te quedas levantada esperándolos toda la noche, no llegan nunca y encima te quedas sin regalos. Y esta revelación fue con la que di por concluida mi investigación, que duró aproximadamente veinte minutos, pausa para café y galletas incluida.

Así que al parecer estas navidades volveré a decepcionar a mi abuela cuando llegue a casa con la maleta llena de latas de haggis pero sin ningún hombre que sentarle a la mesa. Por unos segundos puede que hasta se me contagie su decepción, y empiece a preguntarme por qué mi vida no puede parecerse más a una comedia romántica navideña. Pero entonces llegará de la cocina otra bandeja de salmón ahumado, y me acordaré de que en el último año he terminado un máster, me he cambiado de casa dos veces y he visitado espontáneamente el Caribe, y de que en Cocinar para uno hay una receta estupenda para galletas de ajonjolí. También de por qué todo esto hace mi vida infinitamente mejor que Love Actually. Y hasta las navidades que viene.